Doctrina
Creencias fundamentales
Iglesia Cristiana Bíblica «Palabra Viva». Este resumen presenta lo que creemos y enseñamos como congregación.
Asuntos teológicos
Creemos que (o en):
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Un solo Dios
Hay un solo Dios, creador de todas las cosas visibles e invisibles (Is. 42.5; Col. 1.16-17), Eterno (Gen. 21.33; Sal. 90.2), Todopoderoso (Gen. 17.1), Misericordioso y Clemente (Ex. 34.6), Santísimo (Lev. 11.44; Ap. 4.8), Juez Justo (Sal. 7.11) y Soberano (Is. 46.9-10). Su Deidad está expresada en tres personas, diferentes en funciones, indivisibles en esencia, e iguales en poder y gloria: Padre, Hijo y Espíritu Santo (Gen. 1.26; Gen. 3.22; 1 Jn. 5.7; Jn. 14; 1 Jn. 5.20; He. 1.8; Hc. 5.3-4).
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La suficiencia de las Escrituras
Nuestra fe y vida práctica se basa solo en la Palabra de Dios (Biblia), la cual fue y es revelada a los hombres por el Espíritu Santo para salvación de su pueblo (2 Pe. 1.19-21; 1 Pe. 1.23). Ella, y solo ella, nos santifica, nos corrige, nos exhorta y nos instruye para vivir apartados del pecado y para Su gloria (2 Tim. 3.16; He. 4.12; Jn. 17.17). Debe predicarse fielmente, sin añadirle ni quitarle nada (2 Co. 2.17; 1 Co. 4.6; Ap. 22.19).
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La corrupción total del hombre a causa del pecado
El hombre fue creado por Dios en el principio a imagen y semejanza de Él, varón y hembra los creó, de forma buena y en gran manera (Gen. 1.26-31). A causa del pecado o desobediencia, el hombre se pervirtió radicalmente, se separó de su creador y experimentó tanto la muerte física como la espiritual (Gen. 3), la cual se traspasó a todos los hombres (Ro. 5.12).
La Biblia dice que el hombre quedó en una condición de indefensión y depravación total a causa del pecado, lo cual no le permite acceder a Dios por sus propias fuerzas; necesita de la ayuda de su creador; necesita de un Salvador (Rom. 3.10-20, 23; Isaías 59.1-2, 9-10; 1 Co. 2.14; Ef. 2.1-2).
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La salvación del hombre solo está en Jesucristo
Él es el único Camino al Padre (Jn. 5.21-24; Jn. 6.44, 57; Jn. 14.6). Él es el único mediador entre Dios y los hombres y de un Nuevo Pacto (1 Tim. 2.5; He. 9.11-15). Él es el único nombre dado a los hombres en el cual podemos ser salvos (Hc. 4.12).
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La salvación solo por gracia mediante la fe
La salvación se obtiene solo por gracia mediante la fe en la obra salvífica del Hijo de Dios. Es un don de Dios, es decir, un regalo inmerecido para con el pecador; no por obras o méritos o cualquiera cosa que el hombre haga podrá salvarlo de la condenación eterna; solo por la fe en Jesucristo seremos salvos (Rom. 3.21-28; Rom. 1.16-17; Ef. 2.8-9; Rom. 5.8; 2 Co. 5.17-18).
La salvación en Cristo es un acto perfecto, seguro, inmediato y una vez y para siempre, es decir, no se pierde (Jn. 10.28; Ef. 1.13-14; Rom. 8.31-39). Esta salvación no es algo que no se pueda palpar: se evidencia por las obras o el fruto del Espíritu Santo que opera en el creyente (Ef. 2.10; 1 Jn. 2.4-6; 3.9).
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La soberanía absoluta de Dios
Es un atributo incuestionable en toda la Escritura (Job 31.28; Isaías 43.13; 44.6-7; 46.9-10; Hc. 4.24; 2 Tim. 1.9; Jud. 1.4); por tanto, toda la historia humana está en manos de la providencia de Él. No hay ninguna cosa que escape de las manos de nuestro Dios. Creemos que por el estado de bancarrota y de muerte espiritual del hombre, solo Dios en su misericordia y soberanía lo puede traer de nuevo a su estado original de vida espiritual; por tanto, Él tiene la potestad incuestionable de elegir o predestinar un pueblo para sí (Rom. 8.28-30; 9.11-16; Ef. 1.3-14; 1 Tim. 1.15-16; 2 Tim. 1.9-10; 1 Pe. 1.1-2; 2 Pe. 1.4), convenciéndoles del pecado y dándoles el arrepentimiento y la verdadera fe para salvación (Jn. 16.8; 2 Tim. 2.24-26; Ef. 2.8).
Esto en nada desestima la culpabilidad del hombre por su pecado y su responsabilidad en rechazar la obra redentora del Hijo de Dios, por lo cual acarrea condenación para sí mismo.
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La teología del pacto
La evidencia clara de la soberanía de Dios está en el pacto trinitario de redención del hombre en Cristo antes de la fundación del mundo (Isaías 44.6-8; Hc. 2.23; Hc. 4.27-28; He. 10.5-10). Este pacto fue desarrollado y revelado por Dios al hombre, comenzando desde el pacto Adámico (Gen. 3.15), y continuando con el pacto Noético (Gen. 9), el pacto Abrahámico (Gen. 15; 22.18; Gál. 3.15-16), el pacto con Isaac (Gen. 26.4), el pacto con Jacob (Gen. 28.14) y el pacto Davídico (2 Sam. 7.12-13, 16), los cuales todos apuntaban a la simiente y al reinado eterno que saldría de ellos, que es Cristo. Además, todos los santos profetas de Dios así lo anunciaron también (Isaías 53; Sal. 22; Dan. 2.31-45; Mi. 5.1-5; Hag. 2.6-9; Zac. 9.9-10).
Cabe destacar que la forma que Dios había previamente determinado la salvación del hombre era a través del nuevo nacimiento, colocando Su propio Espíritu y escribiendo su ley en su mente y en su corazón para que éste pudiera guardar todos sus preceptos y estatutos y andar en Sus caminos. Esto es anunciado con antelación por los profetas Jeremías 31.33-34 y Ezequiel 36.25-27, dándose cumplimiento cabal en el Nuevo Pacto inaugurado por nuestro Señor Jesucristo en Su primera venida (Luc. 22.17-20; 1 Co. 11.23-26).
Por tanto, sin menospreciar las promesas de Dios para el pueblo étnico de Israel para los últimos tiempos, Dios en su gracia y soberanía, desde el principio siempre ha tenido un solo pueblo para Él, sea judío o sea gentil, porque todo concluye en Cristo y los que son de la fe, llamados en la Escritura como Nación Santa, Pueblo adquirido por Dios, lo cual es la Iglesia de Cristo, la Familia de Dios, la Esposa del Cordero, las piedras vivas (1 Pe. 2.9; 1 Co. 12.27; Ap. 19.6-9; 1 Tim. 3.14-16).
Asuntos eclesiásticos
Creemos que (o en):
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La iglesia
La iglesia es un grupo de creyentes que se reúnen periódicamente y en especial el primer día de la semana (domingo) en el nombre de Jesucristo, para expresar adoración a su Señor y para oír su voz a través de Su Palabra. Además observan sus ordenanzas instituidas por Él durante su ministerio: el bautismo y la Cena del Señor. Por otro lado, es el lugar (iglesia local) que el Señor determinó para expresar el amor unos con otros y estimularnos a las buenas obras y al perdón, así como también a exhortarnos cuando alguno de la comunidad cristiana se desvía del Camino a causa del pecado (He. 10.23-25), es decir, nos santifica. Otro aspecto importante es que dentro de la comunidad ejercemos y cumplimos la Gran Comisión que se nos fue asignada y se nos dotó de poder por nuestro Señor para predicar el Evangelio de salvación al mundo perdido sin Cristo (Mat. 28.18-20; Hc. 1.8).
Los responsables escriturales para presidir y cuidar de la iglesia son los ancianos (obispos o pastores) (1 Tim. 3.1-7; He. 13.7, 17) y los diáconos (1 Tim. 3.8-13). En el caso de los ancianos o pastores, estos deben ser exclusivamente del género masculino, es decir, no se permite un pastorado femenino (1 Co. 14.34-37; 1 Tim. 2.11-14) y en lo posible deben ser plurales, no unitarios (Hc. 14.23; Tit. 1.5). Para el diaconado es permitido escrituralmente la función femenina (Rom. 16.1).
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Las ofrendas voluntarias
Según instrucciones dadas por el apóstol Pablo a los corintios, a los gálatas y a los filipenses, el aporte económico a la comunidad cristiana debe ser un servicio generoso de amor y no de obligación, sin mencionar monto ni porcentaje, conforme el creyente haya sido prosperado y según haya dispuesto en su corazón (1 Co. 16.1-4; 2 Co. 9.6-7; Fil. 4.14-19). Esta enseñanza no guarda ninguna relación con el diezmo, que es un mandato exclusivo para el pueblo étnico de Israel en su constitución como nación, para el sostenimiento de la tribu de Leví, a la cual se le había asignado el sacerdocio o gobierno de la nación naciente (era como una especie de tributo) (Lev. 27.30-32; Núm. 18.21-32). Además, este diezmo no consistía en pago alguno de dinero, sino más bien en rubros alimenticios. Por otro lado, nunca en la enseñanza apostólica se enseña tal práctica. Solo la ofrenda voluntaria es el mandamiento dado al pueblo de Dios o la Iglesia.
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La continuidad de los dones espirituales
Creemos en un Dios inmutable: no cambia; por tanto, ¿por qué debería ser así para los dones? Aunque para nosotros todos los dones están vigentes, es verdad que no se ejercen bíblicamente en los días de hoy, y atendiendo a lo expresado por el Espíritu Santo en 1 Co. 14.40: «pero hágase todo decentemente y con orden», cosa que en la actualidad no se aprecia en la iglesia contemporánea. Por ejemplo, se ha abusado principalmente con el uso de los dones de lenguas, profecías y el apostolado.
El don de lenguas son idiomas desconocidos por el creyente, y que en un momento determinado Dios usa para hablar a los incrédulos en su conversión (Hc. 2.1-13). También, el apóstol Pablo nos anima a desearlo porque es un don personal que edifica al que lo practica (1 Co. 14.4-5) y no a la comunidad en la iglesia local, en la cual no debería ser ejercitado. Por otra parte, la profecía, dice el apóstol, no la menospreciemos, ya que ella es usada por el Espíritu Santo para edificar, exhortar y consolar a la Iglesia (1 Co. 14.3), conforme al fundamento apostólico y no bajo la vieja práctica del Antiguo Testamento que era sombra de lo que había de venir, ejerciéndola ordenadamente bajo la guía del Espíritu que mora en todo creyente. La profecía es diferente a la proclamación o predicación del mensaje de Dios que se ejerce desde el púlpito.
Por último, creemos que ya no existen apóstoles que puedan escribir los fundamentos de la Iglesia, ni hombres con las características especiales de haber sido testigos de la resurrección de Cristo (Hc. 1.21-23), pero sí existen creyentes que Dios usa para ser enviados a consolidar las iglesias ya fundadas o a fundar nuevas congregaciones (comisionados apostólicos). En fin, hay otros dones que son ejercidos de forma colectiva a través de la oración del pueblo de Dios (Stg. 5.13-15), como lo son los dones de milagros y sanidades. No creemos que existan hombres con súper fe o iluminados.
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La disciplina en la Iglesia
Es un acto de amor de parte de Dios para con sus hijos y es una señal clara de la genuinidad de la fe (He. 12.5-7). La iglesia tiene el deber de ejercerla como se le ha mandado para enfrentar al pecado, y debe ser una expresión de amor por los hermanos para su restauración y no un castigo. La forma de hacerlo está muy clara en las enseñanzas de nuestro Señor en Mateo 18.15-17: al hermano que peca debe tratarse primeramente de manera personal; segundo, si continúa la práctica pecaminosa, debe llamarse al hermano delante de dos o tres testigos; y si persiste, entonces finalmente debe llevarse a la asamblea de la Iglesia para que determine su expulsión o no de la membresía eclesial. Una iglesia que no practica la disciplina no es una iglesia sana.
Asunto escatológico
Creemos que (o en):
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El premilenialismo histórico
A pesar de que la escatología no es doctrina fundamental, sí es muy importante. Creemos en una sola segunda venida visible de Cristo (1 Tes. 4.16). Creemos en un solo pueblo de Dios (Ef. 2.14-15) y que en el final de los tiempos los creyentes, judíos o gentiles convertidos, pasarán por la gran tribulación (2 Tes. 2.3; Hc. 14.22; Mt. 5.10-12). Creemos en el arrebatamiento de la Iglesia cuando el Señor venga por su pueblo y en un orden específico: primero los muertos en Cristo y luego los que viven; para entonces se encontrarán con Él en las nubes (1 Tes. 4.13-17; 1 Co. 15.23; Hc. 1.9-11).
Creemos en un milenio físico que se instaurará en la tierra cuando Cristo venga en gloria (Ap. 5.9-10; Hc. 1.6-7) (período largo de tiempo), donde reinaremos con Él (Ap. 20.6). En la tierra todo será deshecho, incluyendo toda la raza humana impía, en la venida del Señor o día de la ira de Dios (2 Pe. 3.10-12). Al finalizar este período largo de tiempo, Dios nos dará cielos nuevos y tierra nueva, la nueva Jerusalén, donde viviremos en esta Ciudad Santa con Cristo por la eternidad (Ap. 21.1-3).
Además, después de este período de tiempo, Dios resucitará a los incrédulos de todas las naciones, los cuales se rebelarán contra Él y contra la Ciudad Santa, pero Dios descenderá fuego del cielo y los consumirá, y serán enjuiciados para condenación eterna y arrojados a un lugar de tormento por los siglos de los siglos (Ap. 20.5; 11-15). Creemos que Dios dará a sus escogidos, justificados en Cristo, la vida eterna (Rom. 2.6-11), recibiendo cuerpos glorificados para vivir con Él por la eternidad (Fil. 3.20-21), lugar donde no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron. Él morará con nosotros, y nosotros seremos Su pueblo (Ap. 21.3-4). Amén.